Atreverse a saltar es el primer paso para volar.
viernes, 3 de mayo de 2013
GRACIAS PAPA
Pequeña mía: ya sé que las promesas que uno hace a los demás son, en algunos casos, como las que aparecen en los programas políticos. Si éstas están hechas para no ver la luz en la que te hice de dedicarte un artículo en este periódico, en cuanto cumplieras los 18 años, debo ser cumplidor. Así que agradezco a INFORMACIÓN su complicidad y paciencia y a los posibles lectores también.
Primero debo confesarte niña mía -ya te habrás dado cuenta- que tu padre no termina de aceptar el destino de buen grado pues ni cree en él ni en providencias que postergan lo que considera que es justo aquí y ahora. Tampoco cree en esas otras fuerzas que escapan al propio control como los genes o los iguales. No soy de esos que afirman tener en sus manos el destino de sus hijos aconsejados por legiones de expertos en contenidos siempre cambiantes pero de inmutable certeza. Si no fuese de esta manera debería mostrarte un mundo en el que todo se puede conseguir a través del consejo, del esfuerzo, de la dedicación y de la tolerancia. Pero no es así. Tener un padre que ha hecho del pesimismo -en contra de teorías más modernas pero más indemostrables- santo y seña vital, debe ser para ti sólo una lacra misteriosa que tampoco va a condicionar sobremanera lo que seas o hagas en tu vida. Lo siento hija: el convencimiento de que ahí fuera no te servirá para nada todo el oceánico amor que te tengo es demasiado terrible como para seguir engañándote a estas alturas en las que ya empiezas a comprender que a la verdad no le importan nuestras súplicas por justas que sean. Así que, como mi apellido -el tuyo también- no representa ninguna garantía de futuro, la pregunta que me ronda la cabeza hace tiempo es ¿qué puedo dejarte en herencia cuando sé que solo te dejaré unos cuantos genes y unos cuantos buenos recuerdos? Y la respuesta, debe ser la verdad.
Así que debido a ella y por intentar inculcarte unos valores alejados de esa última afirmación debes perdonarme unas cuantas cosas. La lista es enorme y empezaré por el principio. "Mea culpa" por no sobreestimularte con músicas, colores y plastilinas cuando eras bebé. Mala suerte tener un padre que jamás aceptó el hecho de convertirse en una máquina parental las veinticuatro horas del día. Te confieso que siempre me abrumaron los consejos sobre la paternidad y siempre los intercambié por un cálido abrazo incluso cuando hacías de escopeta entre tu madre y yo en la misma cama, los tres, noche tras noche, hasta que al final -cuando te dio la gana, ya apuntabas maneras- ya no viniste más. También he de pedirte disculpas porque jamás te arropó en tu cuna ningún personaje de ningún maldito cuento. Por que jamás fuiste sometida a fórmulas de leche en polvo por si acaso con la leche de tu madre no tenias bastante. Pero tu madre siempre antepuso tu salud a su estética hasta que un día dijiste basta con un muslo de pollo entre tus pequeñas manos. Pedirte perdón porque tampoco fuiste condicionada por ninguna estrategia para abandonar el pañal y te orinaste en ellos hasta que le pagamos la carrera al hijo mayor de Dodotis. Sentimos, mi niña, no haber celebrado tus cumpleaños en ambientes artificiales y llenos de comidas de plástico y bebidas supuestamente refrescantes porque malentendimos que la chispa de la vida eras tú. Lamentamos que tu paladar nunca fuese conquistado por la "comida" ofrecida por un payaso sonriente ni por personajes con cara de cirio pascual o de inmutable programa electoral del PP. Nos duele -eso comentamos tu madre y yo en las pausas publicitarias de Sálvame- que nunca aprendieras a canturrear ningún slogan televisivo ni que perdieras un segundo de tu vida en aprender ninguna melodía comercial cantada por un producto de concurso televisivo.
Lo siento cariño, sobre todo por si alguna vez lo echaste de menos, no haberte recetado metilfenidato en aquel curso académico que te resulto tan difícil pues jamás creímos en lechos de Procusto ni en programas académicos dirigidos por el mercado o la excelencia que ahora se antojan fundamentales para ser algo en la vida. No sé si recuerdas tu primera escolarización en aquella guardería, privada porque pública no había (luego ha sido siempre así), en la que no intentamos que aprendieses nada que no fuera jugar pasándonos por el forro otros métodos y centros que nos prometían para ti más memoria, inteligencia y desarrollo pero en las que los juguetes brillaban por su ausencia. Quizás, mi amor, nunca serás obesa a pesar de haber vivido tu infancia rodeada de la malsana influencia de la engañosa y consentida publicidad nutricional y de los fracasos de todos los Planes Nacionales Antiobesidad. Tal vez deberíamos tu madre y yo pedirte disculpas por haber estado medianamente informados de tus necesidades nutricionales sin hacer demasiado caso a rosquillas azucaradas, cereales enmerdados y lácteos infames y de que a tu edad ya seas consciente de que debes comer verdura fresca, y cinco piezas de fruta variada, de temporada y de cultivos cercanos, de forma diaria. Aburrido, lo sé. Por eso sentimos que nunca hayas tenido problemas derivados de las radiaciones de tu móvil porque solo lo llevas en ocasiones e igualmente sentimos profundamente que no vivas rodeada de trasformadores eléctricos o de fábricas de cemento. Que pena que no hayas demostrado ser alérgica o intolerante a nada porque en casa se lee todo lo que entra, ya sean alimentos, bebidas, productos de limpieza o champús para la perra. No sé como explicarte que no tienes ninguna caries ¡a tu edad! y que tampoco seas portadora de una amalgama de tipo mercurial entre tus dientes. No sabes como sufrimos tu madre y yo viendo que a tu edad hayas sido bombardeada con consejos sobre el aceite de lino, los omega de varias series y de que no sepas lo que es una comida envasada o la margarina hidrogenada o la bollería industrial. También lloriqueamos en silencio (también lo hicimos al final de DEC) al comprobar que no hayas seguido jamás ninguna serie televisiva y de que te estés preguntando que es ser de derechas y que es ser de izquierdas. Tampoco nunca te compramos el alcohol para que disfrutases de botellones ni hicimos cola para que te regalasen algun refresco de idem. Sin embargo -y eso nos hace padecer- ya te preguntas por qué la sanidad es privada; y por qué hay niños que pasan hambre; y por qué los padres de muchos amigos tuyos están en el maldito paro, y por qué algunos han tenido que abandonar sus casas. Y penamos porque te interese la filosofía y el Big-Bang, y de que para nada te interese Dios ni sus mediadores al mismo tiempo que preguntas quien pone el sueldo a los políticos.
En nombre de tu madre y del mío te pedimos perdón, cariño: deberíamos haberte enseñado lo que el mundo es en realidad. Lo sentimos: sólo te dejaremos unos cuantos genes y algun que otro buen recuerdo. Esa es la verdad. Ese será tu legado.
ADRIÁN MARTÍNEZ.
martes, 19 de octubre de 2010
Dios.
Puedo ponerme humilde y decir que no soy el mejor
Que me falta algo para atarte a mi cama,
Puedo ponerme digno y decir toma mi dirección
Cuando te hartes de amores baratos de un rato, me llamas.
Que me falta algo para atarte a mi cama,
Puedo ponerme digno y decir toma mi dirección
Cuando te hartes de amores baratos de un rato, me llamas.
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